Recibía cada día una felicitación, pero no dormía por las noches.

A los veintisiete me sucedió algo casi mágico. Después de varios años de prácticas, becas y trabajos precarios recibí una llamada de una empresa a la que apenas dos días antes había enviado mi curriculum en una autocandidatura. Una empresa de servicios, a cinco minutos de mis casa, que necesitan sustituir con urgencia a la persona que les da apoyo en temas de recursos humanos. “¿Puedes venir mañana a la entrevista?” -Me preguntaron. Apenas dos días después, un cinco de enero me llamaron de nuevo, esta vez para informarme de que había sido seleccionada. Mi mejor regalo de Reyes…

Pasé mi primer año en el puesto feliz.  El trabajo le daba sentido a mi formación previa y a mi búsqueda incesante de los años anteriores. La exigencia era alta pero aprendía y ganaba autonomía cada día. La empresa en un vertiginoso crecimiento pasó en menos de un año de cincuenta a cien personas en plantilla. Las conocía bien a todas, no así era yo quien seleccionaba y acogía a cada nueva incorporación. Al final de mi segundo año éramos doscientas personas y yo era la responsable del equipo de recursos humanos. Planes de formación, evaluaciones del desempeño, descripciones de puesto… facilitábamos procesos y estructuras para la gestión y relación entre las personas. De cuando en cuando me invitaban a alguna mesa redonda, charla o congreso para explicar nuestra gestión por equipos o la filosofía para la incorporación de talento. Yo me sentía pequeña junto a directores y directoras de recursos humanos con largas trayectorias, pero feliz por los reconocimientos y los aprendizajes.

La propiedad de mi empresa cambió. Mi jefa fue sustituida por otra. Así empezó el principio del fin.

La relación con mi nueva jefa fue excelente los primeros meses, después, poco a poco comenzaron sus recelos, su búsqueda insegura de motivos ocultos, las quejas continuas sobre la falta de recursos y las actitudes de las personas. Al principio su pasividad, el pesimismo, las quejas… no iban dirigidas contra mi, pero con el tiempo fue aislándose en su despacho de oro y relacionándose apenas conmigo. A los dos años de relación mi jefa me daba a diario un feedback negativo de acciones que yo realizaba desacertadamente e iniciativas que tomaba fuera de lugar.

Paralelamente, en la empresa se habían abierto nuevos retos con la apertura de delegaciones y un importante y necesario crecimiento de la plantilla. Yo viajaba cada semana en larguísimas pero enriquecedoras jornadas y me sentía feliz por el crecimiento del que era parte y que impulsaba con mi trabajo. Recibía el agradecimiento y felicitaciones continuas dentro y fuera de la empresa, pero no dormía por las noches recordando las faltas de respeto y reconocimiento de mi jefa.

Me encontraba en un dilema, un trabajo reconocido y agradecido que me encantaba y una relación tóxica que me sumía en una ansiedad continua. Fue en aquellos años cuando comencé a buscar respuestas para transformar aquella situación en algo sostenible a través de  consultas, formaciones y lecturas incesantes sobre gestión de conflictos y relaciones tóxicas.  Nada de lo que intenté entonces cambió la situación.

Lamento que la forma de ponerle fin a aquel capítulo profesional fuera marcharme de la empresa, aunque agradezco que esta experiencia fue el resplandor para iniciar mi camino de ahora como formadora y acompañante de profesionales para transformar sus empresas en lugares emocionalmente saludables y las relaciones de trabajo en una base solida sobre la que obtener resultados. Probablemente no haría ni sería lo que hago y soy, sin aquello que fue.

Quien soy ahora afrontaría aquella situación con unas pautas claras, sencillas y estoy segura de que mucho más efectivas. No puedo susurrarle al oído a mi yo de entonces, pero sí puedo compartir contigo esta historia y compartir mis aprendizajes de estos quince años para que tu entorno de trabajo sea emocionalmente más saludable y para que tú seas más feliz.

Estoy para ti para escuchar y compartir. ¿Hablamos?