28 de marzo de 2018

Yo no he sido

Me la encontré sentada en el suelo con los rotuladores entre los dedos y las manos pintadas. No dije nada. Sólo miré al armario garabateado de lado a lado mientras escuchaba un exculpatorio “yo no he sido”.

La responsabilidad, ese  cumplir con las obligaciones  o asumir las consecuencias de algo resulta una carga pesada individualmente aun sabiendo la deseabilidad social que supone para el grupo.

Trabajé varios años haciendo selección de personas. En mis primeras y torpes entrevistas  recuerdo que preguntaba por las cualidades que la persona aportaba al puesto. La “responsabilidad” era, casi siempre, una de ellas. Pronto dejé de hacer esta pregunta, o al menos de aquella manera en la que las candidaturas se me dibujaban con el grueso trazo de la indiferenciación y la falsedad. Ni todas las personas somos igualmente responsables ni queremos serlo.

Estamos permanentemente abocados a decidir, y es nuestra actitud frente a las consecuencias de tales decisiones las que determinan nuestra responsabilidad.

En las organizaciones, y en la vida, existe por doquier el “yo no he sido” disfrazado de victimismo, críticas o exculpaciones: “si hubiésemos tenido  más tiempo”, “lo han dejado así los del turno anterior”, “yo sólo hago mi trabajo”…  y un conjunto nutrido de fórmulas para eludir la pesada responsabilidad de los propios actos.

Me resulta interesante ver que eludir la responsabilidad es un comportamiento adquirido y no innato en el ser humano. Venimos al mundo con ninguna o poca responsabilidad, pero responsables, y sólo cuando vamos adquiriendo responsabilidades aprendemos a repudiarlas y a abdicar de ellas.

La responsabilidad está muy castigada

En términos conductistas un comportamiento se repite cuando las consecuencias obtenidas por este resultan beneficiosas. Es por lo tanto paradójico observar que, aunque la responsabilidad es una cualidad que deseamos en las personas de nuestro alrededor, se castigue tan frecuentemente a quien se hace responsable.

“¿Quién ha tirado la taza de leche?”- Les preguntas a tus hijos.  Y, claro, necesariamente, cuando anticipan que habrá consecuencias  se echan la culpa la una al otro,  o incluso, si no es posible porque no hay a quien culpar, simplemente dicen aquello de “yo no he sido”. Habrá sido entonces la magia o las circunstancias, porque siempre habrá a donde enfocar la culpa. De manera similar en la edad adulta le echamos la culpa de nuestros malos resultados a la crisis, al mercado, a los clientes o  a cualquier a que no sea yo.

En las empresas como en las familias, la pretensión de eludir la responsabilidad nace de manera individual como respuesta a un ambiente que culpa, critica o castiga cuando se asume la responsabilidad.

Promovamos la responsabilidad

¿Qué sucedería en la familia si cuando el niño dice “la tire yo”,  le respondiéramos  “de acuerdo,  límpialo y ten cuidado la próxima vez”,  y no hubiera reproches ni castigos ni gritos. Se trata únicamente de mantener una cualidad presente de manera innata en el ser humano. De hecho, antes de los 2 años de edad, las niñas y niños responden al “¿quién ha sido?” con un sorprendente y digno “yo” . Sólo cuando empiezan a sentir el rechazo y las consecuencias por la autoría de sus actos comienzan con las conductas culpabilizadoras o exculpatorias.

¿Qué sucedería en las organizaciones cuando ante el fracaso de un proyecto las personas asumieran su responsabilidad diciendo “no invertí el tiempo necesario,  me confundí en esto, tuve estos errores…” y su jefe y sus compañeros le respondieran: “Está bien. La próxima vez seguro que harás de otra manera, gracias por asumir tu responsabilidad”?. Quizá entonces las organizaciones tendrían personas más responsables.

Nuestro miedo es fundamentalmente  a  las consecuencias que anticipamos de tener responsabilidad. Miedo a no ser una persona valorada, querida y percibida como la profesional que queremos ser. Dos creencias que como diría Albert Ellis resultan  irracionales: la necesidad de  ser amado por todas las personas  y la necesidad de hacerlo todo bien. Irracionales pero universales y dolorosas para nuestro ego personal  y  profesional.