La felicidad en las organizaciones está de moda. Que la gente feliz aporta más a la cuenta de resultados se intuye en las empresas desde hace tiempo. Sin embargo, en los últimos años son muchos los estudios que intentan demostrar empíricamente que la felicidad de los trabajadores tiene una relación causal directa con los beneficios empresariales. Algunos estudios como el de la consultora Crecimiento Sustentable  llegan a afirmar que “Los trabajadores felices incrementan en un 88% la productividad”.  En realidad, felicidad y productividad son variables cuya correlación es difícil de cuantificar. Básicamente porque la felicidad es un constructo complejo, de comprensión individual sobre el que no aplica una vara de medir universal.

La felicidad entendida como satisfacción en el trabajo se refleja en mayor motivación, interés por desarrollar el propio talento, más adaptabilidad,  más creatividad y un talente positivo ante los desafíos. Para algunas organizaciones éstas resultan actitudes imprescindibles, ya no tanto para mejorar sus beneficios, sino para mantenerse en el mercado. Sin embargo, un  88% es una cifra cercana a  duplicar la productividad y  tomado el titular fuera del contexto del estudio del que proviene podría suponer una auténtica revolución. Imagina sectores competitivos como el de la automoción o las telecomunicaciones con empresas ávidas de encontrar fórmulas de mejora de la productividad, volcando sus recursos en el desarrollo de la felicidad. Probablemente no alcancen esta ansiada mejora, porque la compleja partida que juegan en el mercado va más allá de la apuesta a una sola carta. ¡Bienvenidas las acciones conjuntas!. Desarrollo de la felicidad, sí, pero manteniendo otros tantos esfuerzos dedicados a la mejora de los métodos, tiempos y procesos, la gestión estratégica, etc.

Desarrollar la felicidad de las personas de la organización puede ser un beneficioso nuevo reto, no obstante, alcanzar la felicidad de todos resulta una utopía puesto que, como reza la norma estadística, siempre existirá un porcentaje de personas en la empresa con factores de insatisfacción irresolubles, con quebrantos entre lo que sienten que dan y reciben con difícil solución o con heridas de antiguos agravios de quimérica cura. Tal vez la cuestión más realista sea plantear el desarrollo de la felicidad entendiendo que existirá un techo de cristal que limite la mejora a partir de un punto. Siempre habrá en las organizaciones un número de personas resignadas que trabajen por lo mínimo pactado. Debemos permitirnos esta realidad para plantear desde la razón un objetivo de desarrollo retador pero alcanzable.

Quizá el punto de mira no esté tanto en desarrollar la felicidad de los trabajadores, sino en conocer cuáles son las necesidades de la organización y cuánta felicidad necesita, o visto de otro modo, cuánta infelicidad se puede permitir.