Hace unos días en un proceso de acompañamiento personal le pido a mi cliente que elija un objeto o elemento de la naturaleza con el que se identifique. Quiero abrir un dialogo sobre sus recursos desde el plano analógico de las metáforas. Un espacio de narración desde un lugar diferente al de la razón y en el que poder trabajar la identidad. “Tómate un tiempo”- le digo. No le hace falta. Casi de inmediato me dice: “El arcoíris”.

Hay mucho de este efecto que resuena en mí. Espero con impaciencia la descripción de mi cliente: “Es curioso, breve, inalcanzable, colorido, tiene un principio y un fin”. Con cada etiqueta escucho su explicación y sus vivencias. Una descripción fundamentada y en la que siento, como en el arcoíris, una refracción de su ser, hacer y tener. Conversamos sobre estas cualidades buscando comparaciones entre metáfora y realidad.

Precioso tótem, pienso, y me permito navegar también en la metáfora…  Para mi tiene una dimensión casi mágica por lo inusual del fenómeno y lo extraño de su génesis. No así surge a partir de dos estados (sol-lluvia) habitualmente excluyentes y con una connotación de algo efímero como fenómeno breve y siempre inalcanzable. Los rasgos que identifica mi cliente van en esta misma dirección de breve y diferente.

La ciencia reduce el arcoíris con una lógica terrenal y hasta molesta. Es sólo luz dispersada por ciertas gotas de lluvia y cuya refracción demostró Newton hace más de tres siglos. Sin embargo, desde siempre, la naturaleza  había demostrado a los ojos de los hombres, no una sino mil veces este fenómeno asombroso para unos y sobrecogedor para otros. Fuente a veces de inspiración, otras presagio de augurios.Entre lo científico y lo místico, la metáfora del tótem me lleva a la reflexión personal a partir de una realidad general. ¿Qué dicen de mi las cualidades de las que doto a mi tótem? ¿Qué dicen de mis valores, historia y deseos los rasgos que no he escogido? ¿De qué manera puedo fortalecerme con mi tótem a través del anclaje en las cualidades positivas que identifico?

El totem o elemento identificador es un recurso poderoso que nos ayuda a sentir coherencia interna en los momentos en que sentimos que hemos pensado o actuado de una manera que no se corresponde con nuestros valores, creencias y conductas habituales

El totem puede actuar como marca personal, como logo interno, como un índice que nos ayuda a entendernos a modo de atajo
Una compañera de profesión nos explicaba hace no mucho que su totem era la loba. Describía como se reflejaban  las cualidades de rapidez, impulso y fuerza en ella. Imaginemos que nuestra compañera se encuentra reflexionando sobre una decisión que acaba de tomar fuera de lo corriente. Dándole vueltas al por qué y al para qué de su sorprendente actuación. Tal vez le descoloque el arrojo y entusiasmo que ha mostrado. Probablemente busque en su interior el motor de su conducta y, consciente de su totem y acostumbrada a la introspección, se dará respuestas del tipo “he sacado la loba que llevo dentro”.

Necesitamos sentirnos coherentes
Por este motivo nos resulta tan necesario encontrar respuestas a nuestra aparente incoherencia interna. Respuestas en primera instancia para nuestro yo y en segunda para nuestro entorno. De esta forma las personas nos volvemos verdaderas expertas en la justificación de nuestras acciones por la necesidad primaria de esa coherencia interna. ¿Te consideras un conductor prudente? ¿Un conductor que vigila y toma las medidas de seguridad necesarias para evitar un accidente? Seguro que había un excelente motivo para mirar el móvil mientras conducías. Quizá silenciarlo para evitar distracciones o activar el bluetooth para usar el manos libres…

Las personas somos capaces del auto-engaño con tal de sentir recuperada está coherencia interna

El psicólogo Leon Festinger investigó sobre esta necesidad interior de que las creencias, actitudes y conductas sean coherentes entre sí. La teoría de la disonancia cognitiva explica cómo las personas sienten la necesidad de devolverse la armonía a través del cambio de conductas o justificación de acciones y actitudes que aparentan ser incoherentes con las anteriores.

Es en este punto en el que la idea del totem cobra fuerza y casi magia. La persona elige, de manera inconsciente, ciertas características de su totem y excluye otras. En el caso de nuestra compañera “la loba”, ésta escoge ciertas cualidades relacionadas con la agilidad y la fuerza y no otras como ser salvaje o sensual. La magia está en que elige aquellas cualidades que le ayudan a dar sentido a sus acciones, pensamientos y conductas.

Reformula en positivo todas las cualidades de tu totem
Un aspecto importante cuando identificamos las cualidades de nuestro totem es hacer el  ejercicio de reformular de manera positiva aquellas cualidades que podrían resultarnos tóxicas. Siguiendo con el totem de la loba, si en la identificación de cualidades surgiera como rasgo por ejemplo “la maldad”, sería aconsejable reflexionar sobre este rasgo en términos mas nutritivos. ¿Tal vez por maldad pueda entenderse el impulso animal o una fuerte orientación al resultado…? La reformulación positiva más coherente está en la propia persona que escogió el totem.

Busca un modo de recordar tu totem
La sola identificación del totem nos abre una vía de introspección. Hemos elegido uno de entre miles de opciones y esto habla de nosotros, de nuestros valores, preferencias, historia, expectativas… en definitiva de lo que nos mueve en la vida. Escoger sus cualidades también nos aporta información en este sentido ¿Qué cualidades me sugiere mi totem? ¿Cuáles no?

Con la introspección y reflexión concluida podemos ayudar a que este recurso nos acompañe como tal dándole un espacio. Resulta útil tomarse unos minutos en recrear la imagen del totem elegido y sus cualidades, sentir las emociones que nos surgen, recordar unas palabras clave (a modo de eslogan) o una imagen resumen, y finalmente podemos llevar estas palabras o la imagen a un lugar visible en el que darle un espacio al que poder atender cuando estemos inmersos en buscar la armonía de las respuestas.