Buscaba título para una formación en la que trabajaríamos habilidades para sobrellevar esas relaciones difíciles que todos mantenemos con algunas personas. Personas tóxicas. La palabra “tóxicas” se asomaba al título con fuerza dando a entender con claridad el aspecto dañino y perjudicial para la salud de estas relaciones.

Todavía recuerdo cómo en mi casa se decía esta palabra, como si fuera obligatorio decirla más alto, más claro y separando bien todas las sílabas. “No toques ese bote que es TÓ-XI-CO”. Con el tiempo aprendimos bien la lección de lo que era toxico en casa. En realidad era fácil. Lo tóxico llevaba una etiqueta con un pictograma en el que se veía lo que te iba a pasar si lo tocabas. Una calavera te enseñaba los dientes sobre unas tibias cruzadas. Daba más miedo que la bandera pirata, porque estas cosas tóxicas sí existía, y además estaban dentro de casa. La bandera pirata era sólo de cuento o para jugar a que éramos malos aunque no lo fuéramos.

Ahora se trata de ponerle esa etiqueta a una persona, o más bien, a unas cuantas, y eso, no me encaja con un principio sistémico: La persona ES como parte de un sistema. Es decir, la persona tóxica lo es en relación a otras personas y, por tanto, serían tóxicas las relaciones y no la persona. Por otra parte, me pregunto ¿qué actitud puede haber en un ser humano que sea permanente?, ¿que siempre sea así? y si hubiera alguien con un recurrente pesimismo, egoísmo, pasividad… ¿cómo influiría en nuestra relación con esta persona que le hubiéramos etiquetado como tóxica?. Entonces quizá sea más conveniente hablar de “relaciones” tóxicas. Así destacaríamos la corresponsabilidad de ambas partes. Sin embargo, esta idea no es del gusto de quienes conviven con una persona tóxica. No les sirven las medias tintas, la formula sistémica o lo políticamente correcto y todos insisten en que su tóxico lo es con todas las personas con las que se relaciona y, por lo tanto, sí es una persona tóxica.

Me pongo en situación. Yo también tuve una jefa tóxica, y a duras penas puedo entender qué había de mi conducta que influyera en su actitud. Es más, no quiero aceptar mi responsabilidad en cada uno de aquellos dañinos contactos. No la quiero aceptar por higiene mental, inteligencia emocional o por lo que sea… y prefiero mantener ese simple y atajoso juicio. Personalísimo, eso sí. Era una persona tóxica. O al menos lo era en mi opinión o para mí.
En estas reflexiones finalmente escribo el título del taller: Estrategias para trabajar con personas tóxicas.