– De no ser así, puede que los que ahora estamos sentados en esta mesa no lo estemos el año que viene- dijo el director general. La frase nos llegó a todos de una forma implacable. A ese centro de las emociones en las que se fijan los aprendizajes más nítidos y más imborrables. Pocos eran los detalles de la reunión que los presentes compartíamos como recuerdos, apenas unos minutos después, en el café. Sin embargo, todos recordábamos nítida la frase, casi palabra por palabra. El feroz influjo de las emociones en el aprendizaje y más aún en el recuerdo. Una amenaza vivida en primera persona del plural, y también del singular.

Fueron, los siguientes, meses de un redoblado esfuerzo por alcanzar objetivos, por no salir en la última línea de la lista… pero como a los “10 negritos” de Agatha Christie nos fue llegando uno por uno el turno, no sin dar hasta el último aliento. En mi caso el esfuerzo me supo a compromiso y a dignidad, o al menos hasta que escuche ya fuera de la empresa: “La empresa ha llevado a cabo una estrategia de externalización de sus consultores” de boca del mismo director general que el año anterior parecía haber dejado falsamente en nuestras manos nuestro destino laboral.

Leyendo “No miedo” (Pilar Jericó, 2010) me sorprendió un dato sobre la utilización del recurso del miedo en las empresas: “El 50% de los directivos reconocen que en sus empresas se fomenta el miedo para lograr los objetivos” (Estudio Talento, Miedo y Resultados). En el mismo libro, la autora identifica los numerosos motivos por los que el tan utilizado recurso del miedo es más lastre que impulso. El miedo como freno de la creatividad, el intra-emprendizaje y la libertad. Sin embargo, el miedo es una emoción poderosa. Me atrevo a decir que la más poderosa. A falta de leones y de sabana este es el tipo de miedo al que se enfrenta la fuerza laboral de los países occidentales, donde las bajas por estrés superan ya las de otras causas físicas.

Tiene el ser humano un talón de Aquiles evolutivo por el que la observación de los peligros es más poderosa que la búsqueda de la ansiada felicidad, y es que el ser humano como animal está diseñado para su supervivencia. Una supervivencia que requiere de una vigilancia exhaustiva de los posibles peligros, sean éstos un feroz león, un posible despido o una reprobación social.

El asunto es que estamos constantemente dándole un desmesurado valor a los elementos que pueden ser peligrosos porque hemos sido diseñados así, y porque los más de dos millones de años de evolución nos han programado para la supervivencia desarrollando nuestra capacidad de anticipar los peligros. Esto nos hace unos excepcionales supervivientes, y unos desafortunados infelices en lucha constante contra nuestro ADN, púes solo obviando los posibles infortunios, alertas y peligros obtenemos el tan ansiado estado de pura felicidad.

Nunca fue fácil luchar contra natura.