En el transcurso de una formación de liderazgo para mandos, el Jefe de Servicio de un área silenció al grupo con una reflexión salida de lo más hondo: “Estoy rodeado de ineptos” nos reveló. Sonó a enfado y decepción y provocó en unos sorpresa y en algún otro comprensión. En el silencio que empodera al que habla fue creciendo su voz mientras desgranaba los hechos que sostenían su afirmación: errores continuos, ninguna voluntad, ausencia de propuestas… y así un sinfín de problemas provocados por las personas de su área. “Con esta gente no se puede”- sentenció. “Todos los días lo mismo. Tendrías que verles…”. Me llegó su sentimiento de impotencia. La impotencia de sentir que el cambio depende de otros.

… que cambien ellos

Quiso la suerte que un tiempo después acudiera a la misma empresa a impartir un taller de trabajo en equipo con un grupo de trabajadores de diferentes áreas, entre los que estaban los supuestos ineptos. A media mañana una dinámica grupal dio pie a que esa parte del grupo comenzara a hablar de la dificultad de aportar, apoyar e incluso realizar un trabajo básico bajo la dirección de su jefe, un “mal cabestro” con el que “no hay nada que hacer”, y los ejemplos, uno tras otro, terminaron con un “Tendría que ser él quien viniera a estos cursos”.
…que cambie el jefe

Sin ir más lejos hace unos días el gerente de una empresa me relataba las dificultades de sus empleados para poner en marcha el nuevo sistema de trabajo que él mismo había diseñado. Después de casi un año no se sigue bien el procedimiento, percibe una serie de carencias… El gerente quiere estar presente en la formación “¿Cómo participante?” -Le pregunto. “No, de oyente”- me responde. “El foco del cambio está en ellos”.
…que cambien todos

Podemos pensar en victimismo, en pensamiento único, en inmovilismo… y que quienes lo muestran deben cambiar. Se trata de más de lo mismo: que cambien los otros. Cada mirada al de fuera con el deseo de su cambio es como una piedra a la tapia que limita mi espacio de confort. Comienza siendo una separación necesaria. Una protección que me aporta seguridad y puede acabar siendo un muro tras el que criticar la necesidad de derrumbar los muros de los otros.
¿Con qué piedras levanto mi tapia? ¿Qué emociones las cantean? Quizá la seguridad y la calma que aportan lo conocido, tal vez también en la ira por una sentida injusticia ante el inmovilismo del otro, pero sobre todo, pienso que la emoción que me inmoviliza es el miedo a no saber desmontar mi muro para salir del espacio protegido a un lugar en el que soy vulnerables a la crítica del otro o, a lo peor, mi propio juicio.