Vivimos entre víctimas, peor aún, somos una de ellas. Analicemos si no, las siguientes frases comunes:

– “El profe de mate me ha suspendido”
– “El trabajo me estresa”
– “Mi jefe no me valora”
– “Lo siento, había mucho tráfico”
– “Se me han perdido los guantes”
Todas estas frases tienen un común denominador. En todas ellas el problema está fuera del protagonista. El lugar desde el que se controlan los hechos está fuera de la propia persona. El profe, el trabajo, el jefe, el tráfico y ¡hasta los guantes! son los únicos culpables de la situación problemática.

Este lenguaje de victima está a nuestro alrededor y, aun peor, en nosotros mismos cada vez que identificamos la responsabilidad de los pesares que nos suceden fuera de nosotros.

¿Por qué utilizar un lenguaje victima?

El lenguaje victima nos aporta un doble beneficio: inocencia y atención

El primer beneficio, y probablemente el más importante, es sentirnos inocentes, no culpables y, por tanto, no responsables. Es un punto final con el que decimos: “Yo no puedo hacer nada más”. Esta inocencia pacifica nuestra conciencia localizando la responsabilidad en otro. El segundo beneficio es que la víctima obtiene la atención de los demás, aunque sólo sea a través de su escucha y unas palabras de consuelo.

Sin embargo, el lenguaje victima tiene un coste muy alto. A cuenta de tanta repetición, Las verbalizaciones se vuelven reverberantes, nos centramos en aquello de lo que queremos huir y en lo que nos impide conseguir las cosas, de forma que olvidamos lo que sí podemos hacer. Esto es, si somos inocentes y no hemos participado con nada en nuestros pesares, no podremos hacer nada por solucionarlos. Sólo nos cabe esperar a que el resto del mundo cambie.

El lenguaje dibuja el mapa de nuestra realidad

Este lenguaje de retroalimentación de lo negativo tiene el poder de construir la realidad de un “estado victima” en el que la persona pasa de hablar de lamentables hechos puntuales a generalizaciones permanentes y negativas sobre si misma: “no soy capaz”, “esto no es para mí”, “yo no valgo”,“nada me sale bien”…

¿Cómo salir de esta insana fórmula?

Cuando somos capaces de encontrar soluciones a nuestros problemas nos hacemos responsables de los mismos, asumiendo que existen aspectos en los que podemos influir o acciones que podemos tomar para intentar resolverlos. Desde esta posición es mucho más probable que surjan ideas para solucionar los problemas. Ideas que aunque no siempre reporten soluciones amplían las posibilidades de encontrarlas.

Para salir de este estilo victimista debemos localizar internamente el lugar de control de los hechos.

Las personas que sienten el origen de los hechos negativos en algo que han hecho o dejado de hacer ellos mismos, es decir, ponen el lugar de control a nivel interno, suelen ver mejor de qué manera pueden influir o actuar para modificar la realidad que les disgusta. Estas personas “protagonistas”tienen mayor capacidad de acción porque creen que hay algo que ellos pueden hacer y, por tanto, sientan la solución de sus problemas a su alcance.

Practicar un lenguaje protagonista puede ser una valiosa herramienta para construir una realidad positiva.