Algunos de nuestros más preciados recuerdos pueden no ser otra cosa que fantasías.

¿Es posible hacer que una persona recuerde algo que nunca le sucedió?

Parece que sí. Nuestra memoria resulta fácilmente manipulable. En un 1974, E. Loftus y J. Palmer realizaron el siguiente experimento: 45 personas divididas en cinco grupos visualizaron un accidente de tráfico. Al terminarse la proyección, se les pidió a los voluntarios que estimaran a qué velocidad que iban los automóviles.

La diferencia entre los grupos fue que cuando se les pregunto a qué velocidad iban los vehículos en el momento del choque, para la palabra “choque” se emplearon 5 sinónimos: colisión, impacto, estampe, golpe, contacto. Quienes escucharon los sinónimos más agresivos, como colisión o impacto, tendieron a calcular que la velocidad de los vehículos había sido 30km/h superior a los que escucharon las otras palabras.

Hasta aquí podemos deducir que el recuerdo de un hecho compartido dependerá en buena medida de cómo sea el relato posterior que oigamos o hagamos del mismo.

Continuando con el experimento, una semana después se reunió a los voluntarios y se les pidió que hablaran sobre los vidrios rotos que habían resultado del accidente. En realidad, en el video no se mostraba ningún vidrio roto, pero las personas que anteriormente habían escuchado las palabras más fuertes (colisión o impacto) recordaron los vidrios rotos a pesar de que nunca existieron. Parece que su mente les llevaba a crear un recuerdo a partir de la idea lógica de que un accidente de tal gravedad necesariamente provocó tal rotura.

Así que, no sólo modificamos, sino que creamos recuerdos en la convicción de que fueron ciertos.

Resulta que la explicación está en la estrecha relación entre lenguaje y memoria. Cuando procesamos las palabras nuestro cerebro piensa en su significado y los matices que denotan, y lo que almacena es la información de esos matices. Lo que sucede es que si la palabra no es la más fiel para describir el hecho en sí, la historia se guardar modificada.

La función de la memoria, en realidad, no es fotocopiar el pasado, sino predecir el futuro en base los recuerdos para tomar decisiones. Es decir, cuando tomamos decisiones lo importante no son las experiencias vividas sino el recuerdo que hemos creado de ellas. En esto está la explicación a por qué un optimista toma decisiones más arriesgadas que un pesimista: El optimista tiene más recuerdos positivos y, por tanto, mejores expectativas para el futuro, incluso habiendo vivido igual realidad.

¿Nos puede resultar útil el engaño?

La investigación sobre los recuerdos falsos ha provocado un debate muy interesante, ya que narrar y narrarnos los sucesos vividos con un lenguaje positivo y destacando los aspectos buenos, nos ayuda a reelaborar los recuerdos de manera que éstos se vuelven más agradables.

“Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz”
Ben Furman